La vida de Luis Escobedo es un relato de resistencia que parece guionado por el destino. Era apenas un adolescente cuando pasó de ser una de las promesas del fútbol de ascenso a combatir en la Guerra de Malvinas como soldado de la Compañía de Comunicaciones. Fueron 70 días en el archipiélago, con 19 años, luchando sin haber empuñado en su vida un arma, desconocer táctica más que las del deporte que lo hacía feliz y alejarse de su familia, a quienes vio antes de subirse al avión rumbo a Río Gallegos.

Nacido en Santiago del Estero y criado en los potreros de Ingeniero Budge, Escobedo construyó una carrera profesional de casi dos décadas que lo llevó a ser un referente en el fútbol argentino y trasandino. Defendió las camisetas de diez equipos y cruzó la cordillera para ser una leyenda del fútbol chileno.
Hoy, alejado del profesionalismo pero nunca de la pelota, revive su historia con Clarín. No solo la del futbolista que compartió plantel con jugadores de alto nivel, sino la del hombre que encontró en el vestuario la terapia necesaria para sanar las heridas de la guerra. Un recorrido por su infancia, su paso por Malvinas y cómo el fútbol terminó siendo, literalmente, su salvación.
— ¿Cómo fue tu infancia y en qué momento sentiste que el fútbol podía cambiar tu vida?
— Yo soy santiagueño, vinimos desde muy chiquitos, me trajeron acá a Buenos Aires y mi familia llegó a Ingeniero Budge, cerca de Puente La Noria. Era un lugar donde no había mucha población y enfrente de mi casa había una cancha grande. Amanecía y anochecía adentro de una cancha. Era un barrio muy humilde. Gracias a Dios, mis viejos me dieron la posibilidad de poder estudiar la primaria ahí y la secundaria en Pompeya. Desde chico, jugando a la pelota, nos vieron de Los Andes porque nosotros en un campeonato Evita llegamos a los tramos finales, todos pibes del barrio. En Los Andes nos dijeron si podíamos ir todos a hacer un poco la escuelita y a partir de ahí empezamos.
Fuimos a la octava división, sexta división, y en quinta división en Los Andes teníamos un equipazo. Le ganábamos a todos. Con esa edad de 15 o 16 años nos llevaron a jugar a tercera. Le ganamos al campeón de la tercera, Deportivo Italiano, me acuerdo, 4 a 1 en cancha de Argentino de Quilmes. Así que a partir de ahí empecé a entrenar con Primera. Pero estaba el servicio militar a los 18. En algunos partidos salí suplente; ya con 17 años yo ya salía al banco. Mi compañero de zaga, jugábamos de marcadores centrales, era José Tiburcio Serrizuela, subcampeón del mundo en Italia 90. Ahí ya salí suplente de Primera varios partidos.
— Cuando llegaste a Los Andes de chico, ¿tuviste a alguien que te haya marcado como un compañero o entrenador?
— Sí, teníamos un muchacho que era del barrio y que después fue a Los Andes: Hugo Miguel «El Gringo» Arroyo. Él venía ahí a Budge, a la canchita. Recuerdo que éramos indios nosotros, hacíamos lío, tirábamos piedras… y cuando llegaba el Gringo salíamos todos corriendo y nos quedábamos sentados, no volaba una mosca. Después Pupa Pérez en Los Andes fue gente que me marcó desde chico y, por supuesto, el plantel de Primera: el Nene Díaz, Tato Giorgi… muchos que nos enseñaron respeto y lo que es un vestuario.
— ¿Cómo fue el momento de llegar al servicio militar?
En el sorteo me toca el servicio militar. Estuve un año acá en Palermo, en la Compañía de Comunicaciones. En marzo del 82 salgo y empiezo otra vez con el plantel de Primera a entrenar.
— ¿Te acordás el momento exacto en que te dicen que ibas a las Malvinas?
Recuerdo el 10 de abril, ya se habían tomado las Malvinas, jugamos San Lorenzo – Los Andes en cancha de Independiente. Yo concentré, pero al ser el número 17 fui a jugar a Reserva. Los Andes empató 3 a 3 y yo jugué en Tercera. Eso fue un sábado. El domingo compro el diario para ver las noticias y leo que la Décima Brigada había acuartelado, habían llamado a todos los exsoldados y yo dije: «Me toca a mí». Imaginémonos que en esa época no había ni teléfonos en las casas, había cuatro canales de televisión… Tuve que ir hasta frente al Autódromo de Buenos Aires para conseguir una cabina de teléfono, llamar al cabo mío que estaba en Palermo y que me diga que era uno de los pocos que faltaba. El lunes me presenté a la mañana y me dieron toda la ropa, los bolsos con la ropa militar, el armamento, todo. Yo tenía que avisar a mi vieja. ¿Cómo le avisaba? No tenía manera. Soldados que salían de ahí te decían: «Mirá si podés avisarle a mi mamá o a mi papá». El martes a la mañana, cuando estamos por subir a los micros que nos iban a llevar al aeropuerto para viajar al sur, a Río Gallegos, veo a mi vieja, a mi viejo y a mi hermanito. Esa fue la última vista que tuve.
Estando allá un par de días, el jueves 14 nos dicen: «Esta noche viajamos a Malvinas». Fue una locura, hacía poquito habíamos estudiado en la escuela, pero nosotros decíamos: «Vamos para allá y después nos venimos». Imagínate el momento en que te llevan a una guerra; no sabés nada, éramos todos pibes. No sabíamos nada de armamento, habíamos tirado dos o tres tiros en la colimba y nada más.
— ¿Qué imagen no te olvidás nunca de tu llegada a las islas?
—Cuando bajamos del avión el viento era muy fuerte, la lluvia era muy fuerte y hacía mucho frío, muchísimo, casi bajo cero. Armamos las carpas ahí nomás, en medio del barro y el agua. Al otro día salió un sol bárbaro y tuvimos que caminar hacia Puerto Argentino. Lo que imaginábamos era que íbamos a estar cuatro o cinco días y nos volvíamos. Pero los días iban pasando. Cada vez traían más armamento. Venían aviones con comida y pertrechos al aeropuerto. Así fueron los primeros días.
— ¿Cómo fue esa primera semana en la trinchera sin saber lo que estaba pasando realmente en los otros focos de conflicto?
— El tema era que no teníamos información. Nosotros vivíamos el día a día y no sabíamos si venían o no venían. Yo tenía un compañero que tenía una radio que agarraba Radio Colonia de Uruguay; así supimos que estaba viniendo toda la flota, pero nadie se imaginaba nada. A medida que iban pasando los días llegaba más armamento y un montón de cosas. Recuerdo que el 26 de abril Canal 7 transmite una misa en Malvinas y yo aparezco en la televisión. Lo vio todo el mundo, ahí se entera toda la gente y empiezan a ir a mi casa; ahí todo el barrio se entera que yo estaba en Malvinas.
Esos primeros días fueron medio tediosos porque teníamos que estar y estábamos bien, pero llegó el primero de mayo. El primero de mayo en la madrugada, a las 5 de la mañana, en medio de la oscuridad… en ese momento dormíamos como 150 soldados en una casita, todos apretados. Nosotros teníamos que tirar los cables; eran teléfonos de campaña que teníamos que poner un cable y después con el rollo tirar kilómetros y kilómetros hasta la central que estaba en Puerto Argentino para poder comunicarse. Mientras estábamos ahí, a las cinco de la mañana nos despiertan las bombas, la antiaérea y las ametralladoras. Fue un miedo gigante, de gritar y de no saber para dónde correr. En medio de la oscuridad íbamos a la ventana, cargábamos el arma y no sabíamos qué hacer. A medida que pasaban las horas iba amaneciendo y nos fuimos a los pozos que teníamos abajo de ese lugar en Puerto Argentino. A cada rato pasaban los aviones. Algunos tirábamos ráfagas, pero eran aviones, no sabías si le ibas a dar… El aeropuerto estaba a unos kilómetros y veíamos cómo las bombas caían y explotaban todo. Ahí fue el bautismo de fuego. Cuando verdaderamente tomé conciencia de que esto era algo grave fue cuando nos enteramos del hundimiento del Belgrano. Creo que ahí tomamos dimensión todos; pasamos de ser pibes a ser adultos que sabíamos que la situación era grave.
— ¿Pensaste que en algún momento te podía tocar?
— No lo pensás nunca. No tenías tiempo de pensar si te tocaba o no; vivíamos el día a día. Hacía mucho frío ya, el clima allá es terrible, con temperaturas de 5 grados bajo cero. La comida ya no era tan asidua como antes del primer ataque. Jamás pensé que me podía pasar algo, era simplemente vivir el día a día.
— En medio de todo eso, de los bombardeos y los ataques, ¿tuviste algún momento para pensar en cómo le iba a Los Andes?
— Sí, olvídate. Yo no recibí cartas de mi familia allá, no me llegó ninguna; los 70 y pico de días que estuve nunca tuve una carta, aunque yo sí mandaba. Yo quería saber de Los Andes y mi compañero, que tenía esa radio chiquita, me contaba cómo iban los partidos. Acá en Buenos Aires el ambiente era normal, cada uno con su vida cotidiana y el campeonato de fútbol seguía. Por ahí uno no se ponía a pensar: «Che, en Buenos Aires todos viven normal y no saben que nosotros estamos en una guerra». Con el paso de los años uno fue tomando conciencia y diciendo: «La puta madre». Pibes muriendo defendiendo al país y acá se jugaban partidos, la Selección viajaba a España… la vida normal. Así se vivió porque, como no había tanta información, todos decían que íbamos ganando. Pero no era así.
— ¿Te molestó que la Selección haya ido al Mundial 1982?
— Tuve la posibilidad de hablarlo con algunos jugadores de esa Selección y les pregunté por qué, porque yo no hubiera ido. La mayoría me respondió que la información que tenían era que íbamos ganando. En ese aspecto los puedo llegar a comprender, pero ellos cuando llegaron a España supieron la verdadera situación sobre los ataques ingleses y que estaban muriendo muchos pibes. Eso es lo que me contestaron. Pero yo, con el diario del lunes… imaginate que en ese tiempo Argentina nunca estuvo en una guerra, nadie comprendía lo que era. Pero yo no hubiera ido sabiendo que había pibes combatiendo por mi país.
— ¿El fútbol fue una salvación para vos?
— Después, cuando volví, mi vida transitó por el fútbol y no tuve esa mala suerte que tuvieron muchos chicos de convivir con lo que vivimos allá. Muchos pibes se suicidaron cuando volvieron. Yo abandoné el fútbol, pero a los meses, por esas cuestiones de la vida, hice un «clic» y estuve jugando otra vez. Es más, jugué durante casi 20 años al fútbol profesional después de volver. No me dio tiempo a pensar ni a considerar que estuve en una guerra. A mí me ayudó muchísimo el fútbol, fue mi salvación. Muchos pibes cuando vinieron no tuvieron laburo, se los olvidó. La democracia nos dio la espalda hasta el día de hoy.
— ¿Quién estuvo ahí que te ayudó más a volver a la vida cotidiana?
— Mi familia, mi vieja, mi viejo, mis amigos, mi barrio. Yo vivía frente a una cancha, jugaba al fútbol y esa era mi terapia. Pero al estar en un club… yo cuando volví no quería jugar más porque lo que quería era trabajar para sacar a mi familia de ese lugar donde cada vez que llovía se nos inundaba la casa. Quería laburar para construir algo más arriba o sacarlos del barrio. Con el paso del tiempo, mi terapia más grande fue el vestuario. Los jugadores que estaban en ese momento fueron muchachos que me ayudaron muchísimo, que me comprendieron y me cobijaron.
— ¿En el vestuario se trataba con mucho respeto?
— Sí, era un trato normal de gente amiga, de no preguntarme, de ser uno más. El ambiente del fútbol en esa época era distinto. Yo tenía 19 años y antes para jugar en primera tenías que tener arriba de 21 o 22 años. Hoy los pibes con 17 ya están en un plantel, pero ahí tenía gente grande que te cuidaba, te hablaba y te trataba como a un tipo común.
— En el momento de debutar de nuevo en Primera, ¿cómo fue ese sentimiento de estar de vuelta en la cancha?
— Cuando llegué abandoné el fútbol, no quería jugar más. Me venían a buscar siempre del club, jugadores y dirigentes. Uno o dos días antes de empezar a trabajar en una empresa de aguas que se llamaba Obras Sanitarias, ahí atrás de la cancha de River, se me dio por ir a ver el entrenamiento. Yo no había pisado el club desde que llegué de Malvinas. Entré al vestuario, vi el entrenamiento y me cambió la vida. Al otro día tenía que presentarme a trabajar y no fui. Empecé a entrenar. Lo mío fue algo milagroso e impensado porque me puse a entrenar un martes y a la semana siguiente jugué de titular en Primera.
— Después de lo que pasaste en Malvinas, ¿la presión en un partido desaparece?
— Puede que la presión… no, no lo llamaría presión, no habría nombre para lo que sentía. Era algo especial. Haber vivido tanto frío, hambre y miedo, a estar jugando en un estadio, que encima fue en el de Los Andes. Miraba y quedabas un poquito descolocado. Me acuerdo que jugué, pero no es que estaba centrado del todo. Mi cabeza no estaba compenetrada al cien por ciento en el fútbol.
— Cuando ibas a jugar a otras canchas de visitante, ¿sentías respeto de los rivales o de la gente?
— Yo nunca hablaba de Malvinas. Los primeros años fui uno más, un jugador más. No es el periodismo que hay hoy; antes casi no había información. En los años 92 o 93, cuando empezaron las escuelas de periodismo, ahí es donde surge todo: que había un futbolista que estuvo en una guerra. Pero antes no existía esa información. Jamás, jugando con Los Andes vinieron a hacerme un reportaje como veterano. Ni siquiera cuando estuve en Primera con Racing de Córdoba o Vélez. Cuando los chicos de periodismo empezaron a estudiar el tema, se enteraron de que habían varios jugadores veteranos. Si yo no hablaba, siendo una persona pública, era difícil que se enteraran.
— ¿Cómo fue el sentimiento de pisar de vuelta las Islas Malvinas y revivir la guerra?
— Fue difícil. No llegué a comprender muchas cosas porque me cambió la imagen que yo tenía. En mi cabeza tenía lo que fue la guerra y lo que viví, pero cuando por primera vez tomé el coraje de ir a Malvinas en 2012, me cambió todo lo que imaginaba. Comprendí que muchas cosas habían pasado más cerca de lo que creía: la caída de las bombas, los ataques, la entrada de los ingleses… No volvi bien. Vine con bronca preguntándome por qué los militares no reforzaron ciertas zonas o por qué no nos defendimos de tal manera si éramos tantos soldados. Fue un sentimiento encontrado. Vine con mucha bronca hacia los militares, principalmente hacia esos que estaban acá en Buenos Aires; ellos tenían que haber estado allá, al lado de los pibes.
— Antes me mostraste unas fotos donde estás con soldados ingleses, también veteranos. En ese momento donde intercambiaste relación con ellos, ¿sentiste que la culpa era de los altos mandos?
— Sí, lógico, los altos mandos de acá. No voy a discutir lo que fue la guerra ni el por qué. Simplemente me preguntaba por qué si en los regimientos había muchos militares que estudiaban para la guerra, tuvimos que ir nosotros, que éramos pibes del servicio militar. Esos generales que hoy ves con un montón de medallas estaban acá y no allá. Yo, o cualquiera de los combatientes, estuvimos en una guerra y ellos no. Esa era la oportunidad para que estuvieran ahí, y no estuvieron todos.
— ¿Cómo fue esa vez que te detuvieron en Malvinas por la foto de la bandera?
— (risas) fui en 2012 y en 2016. En 2019 viajaba un contingente de Lomas de Zamora, se bajó un muchacho y quedó un lugar, así que fui. El cementerio está en el medio de la nada misma. Fuimos seis excombatientes, estábamos ahí, cada uno sacó su remera o su bandera para las fotos. Cantamos el himno, gritamos «viva la patria» y ya está. En ese momento llegó una camioneta con un chofer kelper y un periodista austríaco. Al otro día, en la ciudad, a las 7 de la mañana golpean la puerta. Me levanto y veo a un británico gigante con armamento de guerra que me puso contra la pared. Yo no entendía nada. Apareció un traductor chileno y me dijo que me quedara tranquilo. Bajamos al hall del hotel y estaban todos mis compañeros rodeados de militares con armamento. Resulta que el chofer de la camioneta nos había denunciado por gritar «viva la patria» y cantar el himno. Nos dijeron que íbamos a estar dos días detenidos en el hotel porque no había cárcel ahí, pero que teníamos que declarar en la comisaría.
Cuando entré a la comisaría me tomaron las huellas y fotos de costado. Yo pensaba: «Me llevan a Inglaterra preso». En la mesa había dos británicos de traje y el traductor. Me preguntaron a qué me dedicaba y les dije que fui futbolista. En un momento sacan una foto gigante donde estoy con la bandera y me preguntan qué era eso. Miré la foto, se la di vuelta y le dije: «Mirá mi cara, yo estoy llorando porque están todos mis compañeros muertos ahí». Fue como una palabra santa. Se miraron entre ellos, guardaron la foto y se terminó la declaración. Me empezaron a preguntar por Maradona y se terminó la charla. El tema se hizo grande cuando llegué a Argentina; mi teléfono no paraba de sonar, me llamaban de todas partes del mundo. Yo tenía miedo de que esto escalara diplomáticamente y no pudiéramos ir más a las islas, así que no di muchas declaraciones en ese momento. Con el tiempo se aclaró todo.
— Justo que mencionaste a Maradona, en el Mundial 86, cuando le metió el gol a los ingleses, ¿fue más fuerte para vos?
— No, yo siempre comprendí a los ingleses. Estuve prisionero del 14 al 20 de junio y nos trataron bien. Ellos se sorprendían de que fuéramos tan chicos, nos llamaban «babies». No podían creer que a ellos les hubiera costado tanto conquistar las islas contra unos pibes. Nunca sentí rencor en el fútbol. Me alegré por ganar, pero no por odio hacia ellos.
— ¿Cómo fue tu paso por el fútbol chileno?
— En Santiago Wanderers soy muy reconocido. Solo jugué un año, pero me trataban como a un ídolo. Con el «Huesito» Glaria nos pusieron en la sala de leyendas. Un periodista me contó que cambiamos la forma de ver el fútbol allá; antes el defensor pegaba patadas al cuello y, al verme a mí bajarla de pecho y salir jugando, empezaron a copiar esa manera de jugar.
— ¿Seguís jugando a la pelota?
— Hasta el día de hoy juego tres o cuatro veces por semana. Juego en el Senior, en el +55 y +45. Jugué para el Senior de muchos equipos: Independiente, Los Andes… Siempre estoy ahí compitiendo.
— ¿A qué te dedicás ahora?
— Después de retirarme quise ser entrenador, incluso pude ser parte del cuerpo técnico de Ricardo Gareca. Pero dos compañeros me agarraron de los brazos para trabajar en la obra social IOMA, me recomendaron y me consiguieron un puesto de trabajo. Desde que me retiré hasta hoy trabajo ahí, soy el encargado de la zona.
— Por último, ¿qué mensaje le darías a los pibes que están empezando y atraviesan momentos difíciles?
— No es la misma época. Hoy tienen más libertad. Pero el que sueña con ser jugador no piensa en su futuro. Te jubilás a los 38 o 40 años, la carrera es corta. Si llegás a las grandes ligas, te salvás, pero si jugás en el ambiente local, de golpe te encontrás a los 40 años con una familia y sin ninguna profesión. Por eso les digo que el fútbol es hermoso, pero tienen que estudiar y tener una profesión paralela, porque si no te encontrás muy joven y sin herramientas para la vida. Ese es el gran problema de la mayoría de los pibes.
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